Publicado por Pandemonium por el blog Cazadores de Sombras, traduccion Aurim

1.- El portal


La ola de frío de la semana anterior había pasado; el sol lucía brillante cuando Clary cruzaba
apresuradamente el polvoriento jardín delantero de Luke, la capucha de su chaqueta
levantada para guardar su cabello de saltar volando por su cara. El tiempo podría ser cálido,
pero el viento del East River podía ser todavía brutal. Llevaba un ligero olor químico mezclado
con el olor a asfalto de Brooklyn, gasolina, y azúcar quemada de la fábrica abandonada de la
calle abajo.

Simon estaba esperándola en el porche delantero, tirado en una rota butaca de primavera.
Él tenía su DS haciendo equilibrio sobre las rodillas, en vaqueros azules, y estaba golpeando
laboriosamente con el stick.

-Puntuación –dijo él cuando ella subía los escalones–. Estoy pateando culos en Mario Kart.
Clary se bajó la capucha, revolviéndosele el pelo sobre los ojos, y rebuscó en el bolsillo las
llaves.
-¿Dónde has estado? Te he estado llamando toda la mañana.
Simon se puso de pie, empujando el rectángulo parpadeante en su cartera de mensajero.
-Estaba en casa de Eric. Ensayos de banda.
Clary paró de mover la llave en la cerradura –siempre atascada– lo suficiente para mirarlo
con el ceño fruncido.
-¿Ensayos de banda? ¿Quieres decir que tú todavía…
-¿En la banda? ¿Por qué no estaría? –Él llegó a su altura–. Ven, déjame a mí.
Clary aún parada allí mientras Simon giraba la llave con habilidad de experto, justo con la
cantidad adecuada de presión, logrando abrir la vieja y persistente cerradura. Su mano rozó la
de ella; su piel estaba fresca, la temperatura del aire en el exterior. Ella se estremeció un poco.
Ellos habían terminado su intento de relación romántica hacía sólo una semana, y todavía se
sentía confusa siempre que lo veía.
-Gracias –Ella recibió la llave de vuelta sin mirarlo.
Hacía calor en la sala de estar. Clary colgó la chaqueta en el perchero del hall y encabezó la
marcha hacia el dormitorio de invitados, Simon siguiendo su estela. Ella frunció el ceño. Su
maleta estaba abierta como la concha de una almeja sobre la cama, su ropa y cuaderno de
bocetos desparramados por todas partes.
-Creía que sólo ibas a estar en Idris un par de días –dijo Simon, estudiando el desorden con
una mirada de ligera consternación.
-Y voy, pero no logro hacerme una idea de qué empacar. Apenas tengo vestidos o faldas,
pero ¿qué pasa si no puedo usar pantalón allí?
-¿Por qué no podrías usar pantalones allí? Es otro país, no otro siglo.
-Pero los Cazadores de Sombras son tan anticuados, e Isabelle siempre usa vestidos…
Clary se calló y suspiró.
-No es nada. Es sólo que estoy proyectando toda mi ansiedad por lo de mi madre sobre mi
vestuario. Hablemos de otra cosa. ¿Cómo fue el ensayo? ¿Aún no tiene nombre la banda?
-Fue bien –Simon se sentó de un salto sobre el escritorio, las piernas colgando por un lado–.
Estamos considerando utilizar un nuevo lema. Algo irónico, como ‘Hemos visto un millón de
caras y sacudido (“rocked”) al ochenta por ciento de ellas.’
-¿Le has dicho a Eric y al resto que…
-¿Que soy un vampiro? No. No es el tipo de cosa que dejarías caer en una conversación
informal.
-Quizás no, pero son tus amigos. Deberían saber. Y además, pensarán que te hará estar más
cerca de ser un dios del rock, como ese vampiro Lester.
-Lestat –dijo Simon–. Eso sería el vampiro Lestat. Y él es ficticio. De todas formas, no te veo
corriendo a decirles a todos tus amigos que eres una Cazadora de Sombras.
-¿Qué amigos? Tú eres mi amigo –Se bajó de la cama y miró a Simon–. Y te lo dije, ¿no?
-Porque no tuviste elección –Simon puso la cabeza de lado, estudiándola; la cabecera de la
cama iluminaba con reflejos sus ojos, volviéndolos plata–. Te echaré de menos mientras estés
fuera.
-Yo también te echaré de menos –dijo Clary, aunque su piel le pinchaba por todas partes
con una anticipación nerviosa que le hacía difícil concentrarse. ¡Voy a ir a Idris! Cantaba su
mente. Veré la patria de los Cazadores de Sombras, la Ciudad de Cristal. Salvaré a mi madre. Y
estaré con Jace.
Los ojos de Simon destellaron como si él pudiera oír sus pensamientos, pero su voz era
suave.
-Cuéntamelo otra vez. ¿Por qué tienes que ir a Idris? ¿Por qué no pueden Madeleine y Luke
ocuparse de esto sin ti?
-Mi madre consiguió el hechizo que la puso en este estado de un brujo –Ragnor Fell.
Madeleine dice que necesitamos localizarlo si queremos saber cómo invertir el hechizo. Pero él
no conoce a Madaleine. Conocía a mi madre, y Madeleine piensa que confiará en mí porque
me parezco mucho a ella. Y Luke no puede venir conmigo. Podría venir a Idris, pero por lo visto
él no puede entrar en Alicante sin permiso de la Clave, y ellos no se lo darán. Y no le digas nada
de esto, por favor –no está nada feliz por no venir conmigo. Si no hubiera conocido a
Madeleine de antes, no creo que me hubiera dejado ir en absoluto.”
-Pero los Lightwoods estarán allí también. Y Jace. Te ayudarán. Quiero decir, Jace dijo que te
ayudaría, ¿no? ¿A él no le importa que tú vayas?
-Claro, él me ayudará –dijo Clary–. Y por supuesto, a él no le importa. Él está tranquilo con
eso –Pero eso, ella lo sabía, era una mentira.
Clary había ido directa al Instituto después de hablar con Madeleine en el hospital. Jace fue
el primero al que contó el secreto de su madre, antes incluso que a Luke. Y él estuvo allí y la
observaba, poniéndose más y más pálido mientras ella hablaba, como si más que contarle
cómo podía salvar a su madre estuviera drenando la sangre de él con cruel lentitud.
-No vas a ir –dijo él tan pronto como ella terminó–. Como si tengo que atarte y sentarme
sobre ti hasta que este capricho insensato de los tuyos pase, no vas a ir a Idris.
Clary sintió como si le hubiera abofeteado. Ella había pensado que él estaría contento.
Había corrido todo el camino desde el hospital al Instituto para contárselo, y ahora él estaba
allí de pie mirándola con un aspecto adusto y lúgubre.
-Pero vosotros vais a ir.
-Sí, nosotros iremos. Tenemos que ir. La Clave ha llamado a todo miembro activo de la Clave
que pueda volver a Idris para un encuentro masivo del Consejo. Van a votar sobre lo que se
debe hacer respecto a Valentine, y como somos los últimos que lo hemos visto…
Clary dejó esto a un lado.
-Así que si vais a ir, ¿por qué no puedo ir con vosotros?
El descaro directo de la pregunta pareció enfadarle aún más.
-Porque no es seguro para ti ir allí.
-Oh, ¿y es tan seguro estar aquí? Por poco no me matan una docena de veces el mes
pasado, y todo el tiempo he estado aquí mismo en Nueva York.
-Eso es porque Valentine ha estado concentrado en los dos Instrumentos Inmortales que
estaban aquí –Jace hablaba a través de sus dientes apretados–. Él va a dirigir su foco a Idris
ahora, todos nosotros lo sabemos…
-Apenas estamos seguros de nada de eso –dijo Maryse Lightwoods. Ella había estado
resguardada en la sombra del pasillo de entrada, sin ser vista por ninguno de ellos; ahora se
adelantaba, entrando en las potentes luces de la entrada. Éstas iluminaron las líneas de
agotamiento que parecían dibujar su rostro. Su marido, Robert Lightwood, había sido herido
por un demonio ponzoñoso durante la batalla la semana pasada y desde entonces había
necesitado constantes cuidados; Clary sólo podía imaginar lo cansada que debía estar–. Y la
Clave quiere conocer a Clarissa. Tú sabes eso, Jace.
-La Clave puede joderse.
-Jace –dijo Maryse, sonando sinceramente paternal para variar–. Ese lenguaje.
-La Clave quiere muchas cosas –enmendó Jace–. No tienen necesariamente que
conseguirlas todas.
Maryse le disparó una mirada, como si supiera exactamente de lo que estaba él hablando y
no lo compartiera.
-La Clave a menudo tiene razón, Jace. No es irrazonable que ellos quieran hablar con Clary,
después de por lo que ha pasado. Lo que ella podría contarles…
-Yo les contaré lo que sea que quieran saber –dijo Jace.
Maryse suspiró y volvió sus ojos azules a Clary.
-Así que quieres ir a Idris, ¿lo he cogido?
-Sólo unos días.No seré ningún problema –dijo Clary mirando de manera suplicante,
pasando de la blanca y ardiente mirada de Jace a la de Maryse–. Lo juro.
-La cuestión no es si vas a ser un problema; la cuestión es si estarás dispuesta a encontrarte
con la Clave una vez que estés allí. Ellos quieren hablar contigo. Si dices que no, dudo que
podamos obtener la autorización para llevarte con nosotros.
-No… –comenzó Jace.
-Me encontraré con la Clave –interrumpió Clary, aunque la sola idea le mandó hacia abajo
una onda de frío a través de su espina dorsal. El único emisario de la Clave que había conocido
hasta ahora era la Inquisidor, quien no había sido exactamente agradable de tener alrededor.
Maryse frotó sus sientes con las yemas de los dedos.
-Entonces está resuelto –ella no sonó resuelta, sin embargo; sonó tan tensa y frágil como
una cuerda de violín sobretensada–. Jace, acompaña a Clary a la puerta y luego ven a verme a
la biblioteca. Necesito hablar contigo.
Ella volvió a desaparecer en las sombras sin ni siquiera una palabra de despedida. Clary se
quedó mirando en su dirección, sintiendo como si acabara de ser empapada con agua helada.
Alec e Isabelle parecían querer sinceramente a su madre, y ella estaba segura de que Maryse
no era una mala persona, en realidad, pero no era exactamente cálida.
La boca de Jace era una dura línea.
-Ahora mira lo que has hecho.
-Necesito ir a Idris, incluso si tú no puedes entender el por qué –dijo Clary–. Necesito hacer
esto por mi madre.
-Maryse confía demasiado en la Clave –dijo Jace–. Ella tiene que creer que son perfectos, y
yo no puedo decirle que no lo son, porque… –paró abruptamente.
-Porque eso es algo que diría Valentine.
Ella esperaba una explosión, pero “Nadie es perfecto” fue todo lo que él dijo. Alargó la
mano y pulsó el botón del ascensor con el dedo índice. “Ni siquiera la Clave.”
Clary cruzó los brazos sobre el pecho.
-¿Es eso en realidad por lo que no quieres que vaya? ¿Porque no es seguro?
Un parpadeo de sorpresa cruzó la cara de él.
-¿A qué te refieres? ¿Por qué más no querría que vinieses?
Ella tragó.
-Porque… –Porque me dijiste que tú ya no tienes sentimientos por mí, y ves que eso es muy
delicado, porque yo todavía los tengo por ti. Y apuesto a que tú lo sabes.
-¿Porque no quiero que mi hermanita me siga a todas partes? –había una nota cortante en
su voz, medio burla, medio algo más.
El ascensor llegó con un ruido de traqueteo. Empujando la puerta a un lado, Clary dio un
paso dentro y se volvió para encarar a Jace.
-No voy a ir porque tú estés allí. Voy a ir porque quiero ayudar a mi madre. Nuestra madre.
Tengo que ayudarla. ¿No lo entiendes? Si no hago esto, podría no despertar nunca. Podrías
fingir al menos que te importa un poco.
Jace puso las manos sobre los hombros de ella, las yemas de los dedos rozando su piel
desnuda en el borde de su cuello, mandando indefensos escalofríos sin sentido a través de sus
nervios. Había sombras bajo los ojos de él, Clary notó sin querer, y oscuros huecos bajo sus
pómulos. El jersey negro que llevaba sólo hacía destacar más las marcas de sus magulladuras, y
también los oscuros latigazos; era un estudio de claroscuro, algo para ser pintado con matices
de negro, blanco y gris, con toques de dorado aquí y allí, como sus ojos, por dar un toque de
color…
-Déjame hacerlo –su voz era suave, apremiante–. Puedo ayudarla por ti. Dime dónde debo
ir, a quién preguntar. Conseguiré lo que necesitas.
-Madeleine le dijo al brujo que yo iría. Él estará esperando a la hija de Jocelyn, no al hijo de
Jocelyn.
Las manos de Jace apretaron sobre sus hombros.
-Pues dile que ha habido un cambio de planes. Yo iré, no tú. No tú.
-Jace…
-Haré lo que sea –dijo él–. Lo que quieras, si tú prometes quedarte aquí.
-No puedo.
La soltó, como si ella le hubiera empujado apartándolo.
-¿Por qué no?
-Porque –dijo ella–, es mi madre, Jace.
-Y la mía –su voz sonó fría–. De hecho, ¿por qué Madeleine no nos ha planteado esto a
ambos? ¿Por qué sólo a ti?
-Sabes por qué.
-Porque –dijo él, y esta vez sonó incluso más frío–, para ella tú eres la hija de Jocelyn. Pero
yo seré siempre el hijo de Valentine.
Él cerró con pulso firme la puerta entre ellos. Por un momento ella lo contempló a través –
la malla de la puerta dividía el rostro de él en una serie formas de diamante, trazadas en metal.
Un solo ojo dorado la observaba a través de un diamante, un furioso enfado parpadeando en
su profundidad.
-Jace… –comenzó ella.
Pero con un movimiento brusco y un ruido estrepitoso, el ascensor ya estaba moviéndose,
llevándola hacia abajo sumergiéndola en el oscuro silencio de la catedral.
-La Tierra llamando a Clary –Simon le hizo señas con las manos–. ¿Estás despierta?
-Sí, lo siento –ella se incorporó moviendo la cabeza para sacudirse las musarañas. Esa había
sido la última vez que había visto a Jace. Él no había cogido el teléfono cuando le había
llamado después, así que ella hizo todos sus planes para viajar a Idris con los Lightwoods
usando a Alec como intermediario reacio e incómodo. Pobre Alec, atascado entre Jace y su
madre, siempre intentando hacer lo correcto–. ¿Decías algo?
-Sólo que creo que Luke ha vuelto –dijo Simon, y saltó del escritorio justo en el momento en
el que la puerta del dormitorio se abría-, y ahí está.
-Hola, Simon –Luke sonaba tranquilo, quizás un poco cansado. Llevaba una gastada
chaqueta vaquera, una camisa de franela y viejos cordones en las botas que parecían haber
tenido su mejor momento hacía diez años. Sus gafas estaban apartadas sobre su pelo castaño,
que parecía salpicado con más gris ahora de lo que Clary recordaba. Había un paquete
cuadrado bajo su brazo atado con largas cintas verdes. Se lo tendió a Clary–. Te compré algo
para tu viaje.
-¡No tenías por qué hacerlo! –Protestó Clary–. Ya has hecho demasiado –pensaba en la ropa
que le había comprado después de que todo lo que tenía hubiera sido destruido. Él le había
dado un teléfono nuevo y nuevas provisiones artísticas sin haberle tenido en ningún momento
que pedir nada. Casi todo lo que tenía ahora era regalo de Luke. Y ni siquiera estás de acuerdo
con el hecho de que vaya a ir. Ese último pensamiento quedó tácito flotando entre ellos.
-Lo sé. Pero lo vi y pensé en ti –le entregó la caja.
El objeto en su interior estaba envuelto en capas de papel. Clary las rasgó, alcanzando con la
mano algo suave como el pelaje de un gatito. Ella dio un pequeño grito ahogado. Era un abrigo
de terciopelo verde botella, anticuado, con un forro dorado de seda, botones dorados y una
ancha capucha. Lo dejó caer sobre las rodillas, alisando con las manos el suave material con el
mayor cuidado.
-Se parece a algo que llevaría Isabelle –exclamó ella–. Como una capa de viaje de Cazadores
de Sombras.
-Exactamente. Ahora irás vestida más como uno de ellos –dijo Luke–, cuando estés en Idris.
Ella subió la mirada hacia él.
-¿Quieres que me parezca uno de ellos?
-Clary, tú eres uno de ellos –su sonrisa estaba matizada con tristeza–. Además, sabes cómo
tratan a los de fuera. Cualquier cosa que puedas hacer para encajar…
Simon hizo un ruido extraño, y Clary lo miró con aire de culpabilidad. Casi había olvidado
que él estaba allí. Estaba mirando su reloj con diligencia.
-Debería irme.
-¡Pero si acabas de llegar! –Protestó Clary–. Creí que podríamos tirarnos y ver una película o
algo…
-Tú tienes que empacar –sonrió Simon, brillante como la luz del sol después de la lluvia. Casi
pudo creer que no había nada que le inquietara–. Yo vendré más tarde a despedirme antes de
que te vayas.
-Oh, vamos –protestó Clary–. Quédate…
-No puedo –su tono era inapelable–. He quedado con Maia.
-Oh, genial –dijo Clary. Maia, se dijo a sí misma, era simpática. Era inteligente. Era guapa.
Era una mujer lobo también. Una mujer lobo enamorada de Simon. Pero quizás eso era lo que
debería ser. Quizás su nuevo amigo debería ser un Cazador de Sombras. Después de todo, él
era un Submundo ahora. Técnicamente, todavía pasaba el tiempo con Cazadores de Sombras
como Clary–. Supongo que será mejor que te vayas, entonces.
-Supongo que será mejor –los ojos oscuros de Simon eran inescrutables. Esto era nuevo. Ella
siempre había sido capaz de leer a Simon antes. Se preguntó si aquello era un efecto
secundario del vampirismo, o definitivamente algo más–. Adiós –dijo él, y se inclinó como para
besarla en la mejilla, peinándole el pelo hacia atrás con una de las manos. Luego, se detuvo y
se incorporó, su expresión vacilante. Ella miró con el gesto fruncido por la sorpresa, pero él ya
se había ido, rozando a Luke al pasar por la puerta. Ella escuchó la puerta principal dando un
portazo en la distancia.
-Él está actuando tan raro –exclamó ella abrazando el abrigo de terciopelo contra sí misma a
modo de consuelo–. ¿Crees que es todo cosa de ser vampiro?
-Probablemente no –Luke parecía ligeramente divertido–. Convertirse en Submundo no
cambia el modo de sentir las cosas. O a la gente. Dale tiempo. Rompiste con él.
-No lo hice. Él rompió conmigo.
-Porque tú no estabas enamorada de él. Esa era una propuesta dudosa, y creo que él lo está
llevando con elegancia. Un montón de adolescentes se enfurruñarían o merodearían bajo tu
ventana con una minicadena.
-Nadie tiene minicadena ya. Eso era en los ochenta –Clary se levantó de la cama poniéndose
el abrigo. Se lo abotonó hasta el cuello deleitándose en el suave tacto del terciopelo–. Sólo
quiero que Simon vuelva a la normalidad –se contempló en el espejo con una grata sorpresa. El
verde hacía resaltar su pelo rojo e iluminaba el color de sus ojos. Se volvió hacia Luke–. ¿Qué
piensas?
Él se echó hacia atrás apoyándose en la entrada con las manos en los bolsillos; una sombra
pasó a través de su rostro mientras la miraba.
-Tu madre tenía un abrigo justo como ese cuando tenía tu edad –fue todo lo que dijo.
Clary agarró firmemente los puños del abrigo clavando los dedos en el pelo suave. La
mención de su madre, mezclada con la tristeza de su expresión, estaba dándole ganas de
llorar.
-Vamos a verla hoy más tarde, ¿verdad? –preguntó ella–. Quiero despedirme antes de irme,
y decirle… Decirle lo que estoy haciendo. Que ella va a estar bien.
Luke asintió con la cabeza.
-Visitaremos el hospital hoy más tarde. Y ¿Clary?
-¿Qué? –ella casi no quería mirarlo, pero para su alivio, cuando lo hizo la tristeza se había
marchado de sus ojos. Él sonreía.
-Normal no es todo lo que se dice que es.
Simon echó un vistazo hacia abajo al papel en su mano y luego a la catedral, los ojos como
hendiduras contra el sol de la tarde. El Instituto se erigía contra el inmenso cielo azul, un
bloque de granito horadado con arcos puntiagudos y rodeado por un enorme muro de piedra.
Los rostros de las gárgolas lanzaban miradas lascivas desde sus cornisas, como desafiándole a
cruzar la puerta de entrada. Aquello no se parecía nada a lo que él había visto la primera vez,
disfrazado bajo la apariencia de una ruina venida a menos, pero los glamour no funcionaban
con los Submundo, entonces.
Tú no perteneces a este lugar. Las palabras eran duras y afiladas como el ácido; Simon no
estaba seguro de si eran las gárgolas hablando o la voz de su propia mente. Esto es una iglesia
y tú eres un maldito.
-¡Cállate! –masculló poco entusiasmado–. Además, no me preocupan las iglesias. Soy judío.
Había una verja de hierro de gran filigrana alojada en el muro de piedra. Simon puso la
mano sobre el pestillo, medio esperando que su piel se abrasara de dolor, pero no ocurrió
nada. Aparentemente la puerta por sí misma no era particularmente sagrada. La empujó para
abrirla y estaba a mitad del agrietado camino de mampostería que llevaba a la puerta de la
fachada cuando escuchó voces, varias de ellas, y familiares, cerca. Casi había olvidado lo
mucho que su oído, al igual que su vista, se había afinado desde que se había transformado.
Aquello sonaba como si las voces estuvieran justo sobre sus hombros, pero mientras seguía el
estrecho camino por el lateral del Instituto, vio por lo que la gente se mantenía a bastante
distancia, en el lejano límite de los terrenos. La hierba crecía medio salvaje allí, medio
cubriendo los caminos ramificados que se conducían entre lo que probablemente una vez
habían sido rosales organizados con esmero. Incluso había un banco de piedra, recubierto por
la mala hierba; esto había sido una iglesia de verdad una vez, antes de que los Cazadores de
Sombras la hubieran hecho suya.
Vio primero a Magnus, recostado contra un muro de piedra musgoso. Era difícil pasar por
alto a Magnus… Llevaba una camiseta blanca pintada con salpicaduras sobre unos pantalones
de piel arcoíris. Destacaba como un invernadero de orquídeas rodeado por el vestuario negro
de los Cazadores de Sombras: Alec, con aspecto pálido e incómodo; Isabelle, su largo pelo
moreno trenzado y atado con cintas plateadas, de pie al lado de un chiquillo que debía ser
Max, el más pequeño. Cerca estaba su madre, que parecía una versión más alta y huesuda de
su hija, con el mismo cabello largo y negro. A su lado estaba una mujer que Simon no conocía.
Al principio Simon pensó que era mayor porque su cabello estaba cercano al blanco, pero
luego se volvió para hablarle a Maryse y vio que probablemente no tendría más de
treintaicinco o cuarenta años.
Y luego estaba Jace, de pie un poco más alejado, como si no perteneciera tanto al grupo. Iba
todo de negro Cazador de Sombras como los demás. Cuando Simon vestía todo de negro,
parecía que iba de camino a un funeral, pero Jace sólo parecía fuerte y peligroso. Y más rubio.
Simon sentía los hombros tensos y se preguntó si algo, el tiempo o el olvido, diluiría alguna vez
el resentimiento hacia Jace. Él no quería sentir eso, pero ahí estaba, una piedra lastrando su
corazón sin pulso.
Algo parecía raro en la reunión, pero luego Jace se volvió hacia él, como sintiendo que él
estaba allí, y Simon vio incluso en la distancia la delgada cicatriz blanca sobre su garganta, justo
sobre el cuello. El resentimiento en su pecho se debilitó un poco más. Jace dejó caer un
pequeño saludo con la cabeza en su dirección.
-Volveré a tiempo –dijo él a Maryse, con un tipo de voz que Simon nunca habría usado con
su propia madre. Sonaba como un adulto hablando con otro adulto.
Maryse indicó su permiso con un gesto distraído de la mano.
-No veo por qué esto está llevando tanto tiempo –le estaba diciendo ella a Magnus–. ¿Es
normal?
-Lo que no es normal es el descuento que estoy haciéndote –Magnus golpeteó el tacón de
sus botas contra el muro–. Normalmente cobro el doble.
-Es sólo un Portal temporal. Sólo tienes que llevarnos a Idris. Y luego espero que lo cierres
de nuevo otra vez. Ese es nuestro acuerdo –ella se volvió hacia la mujer que estaba a su lado–.
Y tú te quedarás aquí para ser testigo de que lo hace, ¿Madeleine?
Madeleine. Así que esta era la amiga de Jocelyn. Pero no hubo tiempo para mirar, Jace ya
tenía a Simon por el brazo y estaba arrastrándolo por el lateral de la iglesia, fuera de la vista de
los otros. Allí a las espaldas había incluso más mala hierba, el sendero serpeaba con cabos de
maleza. Jace empujó a Simon al lado de un gran roble y le soltó, disparando sus ojos como
flechas alrededor como si estuviera seguro de que habían sido seguidos.
-Está bien. Podemos hablar aquí.
Ciertamente se estaba más tranquilo allí atrás, la prisa del tráfico de la York Avenue se
amortiguaba detrás de la gran mole del Instituto.
-Eres tú el que me ha pedido que venga aquí –puntualizó Simon–. Encontré tu mensaje
pegado en mi ventana cuando me levanté esta mañana. ¿Alguna vez usas el teléfono como la
gente normal?
-No si puedo evitarlo, vampiro –dijo Jace. Estaba estudiando a Simon pensativamente, como
si estuviera leyendo las páginas de un libro. Mezcladas en su expresión había dos emociones
opuestas: un ligero asombro y lo que le pareció a Simon como decepción–. Así que aún es
verdad. Puedes caminar a la luz del sol. Incluso el sol del mediodía no te quema.
-Sí –dijo Simon–. Pero tú ya sabías eso… Estabas allí.
Él no tenía que dar más detalles sobre lo que “allí” quería decir; podía ver en el rostro del
otro chico que recordaba el río, la parte trasera de la furgoneta, el sol elevándose sobre el
agua, Clary gritando. Él lo recordaba tan bien como Simon.
-Pensé que quizás podría remitir –dijo Jace, pero no sonó como si eso fuera lo que quería.
-Si siento el impulso de romper en llamas, te lo haré saber –Simon nunca tuvo mucha
paciencia con Jace–. Mira, ¿me pediste que viniera hasta el norte del distrito residencial sólo
para que puedas observarme como si fuera algo sobre una placa petri (laboratorio)? La
próxima vez te enviaré una foto.
-Y yo la enmarcaré y la pondré sobre mi mesilla de noche –dijo Jace, pero no sonaba como si
pusiera el corazón en el sarcasmo–. Mira, te pedí que vinieras aquí por una razón. Por mucho
que odie admitirlo, vampiro, tenemos algo en común.
-¿Un cabello realmente maravilloso? –sugirió Simon, pero tampoco ponía el corazón en ello.
Algo en el aspecto del rostro de Jace le estaba resultando cada vez más preocupante.
-Clary –dijo Jace.
A Simon le cogió desprevenido.
-¿Clary?
-Clary –dijo Jace otra vez–. Ya sabes: baja, pelirroja, mal genio.
-No veo cómo Clary es algo que tengamos en común –dijo Simon, aunque él sí lo veía. No
obstante, esta no era una conversación que quisiera tener particularmente con Jace ahora, o,
de hecho, nunca. ¿No había algún tipo de código masculino que excluyera discusiones como
esta? ¿Discusiones sobre sentimientos? Aparentemente no.
-Ambos nos preocupamos por ella –planteó Jace dándole una apariencia moderada–. Ella es
importante para los dos. ¿Verdad?
-¿Me preguntas si me preocupa ella? Qué bondadoso –parecía una palabra muy insuficiente
para eso. Se preguntaba si Jace se estaba burlando de él, parecía inusualmente cruel, incluso
para Jace. ¿Le había traído Jace hasta aquí sólo para mofarse de él porque aquello no había
funcionado románticamente entre Clary y él? Aunque Simon aún tenía esperanza, al menos un
poco, de que las cosas cambiaran, que Jace y Clary comenzaran a sentir el uno por el otro de la
manera que se supone que los hermanos se quieren sentir respecto al otro…
Se encontró con la mirada de Jace y sintió como un poco de esa esperanza se marchitaba. El
semblante del rostro del otro chico no era la expresión que los hermanos tienen cuando
hablaban de sus hermanas. Por otra parte, era obvio que Jace no lo había traído hasta aquí
para mofarse de él por sus sentimientos; el miserable de Simon sabía que debía estar
claramente escrito sobre sus propios rasgos que se reflejaban en los ojos de Jace.
-No creas que me gusta preguntarte estas cuestiones –dijo Jace bruscamente–. Necesito
saber qué harías por Clary. ¿Mentirías por ella?
-¿Mentir sobre qué? De todos modos, ¿qué está pasando? –Simon se dio cuenta de que eso
era lo que le había preocupado en el retablo de Cazadores de Sombras del jardín–. Espera un
segundo –dijo él–, ¿os marcháis para Idris en este momento? Clary cree que vais a esta noche.
-Lo sé –dijo Jace–, y necesito que tú les digas a los otros que Clary te envió aquí para decir
que no venía. Diles que ella ya no quiere venir a Idris –Había un filo en su voz… Algo que Simon
apenas reconocía, o quizás era simplemente tan extraño viniendo de Jace que no podía
procesarlo. Jace estaba suplicándole a él–. Ellos te creerán. Ellos saben lo… Lo cerca que estáis
el uno del otro.
Simon sacudió la cabeza.
-No puedo creerte. Actúas como si quisieses que yo hiciera algo por Clary, pero en realidad
sólo quieres que yo haga algo por ti –comenzó a darse la vuelta–. No hay trato.
Jace agarró su brazo haciéndolo volver de nuevo.
-Esto es por Clary. Estoy intentando protegerla. Creí que tú estarías al menos un poco
interesado en ayudarme en eso.
Simon miró deliberadamente la mano de Jace clavada sobre la parte superior de su brazo.
-¿Cómo puedo protegerla si no me dices de qué la estoy protegiendo?
Jace no le dejó ir.
-¿No puedes sólo creerme cuando te digo que esto es importante?
-Tú no sabes cuánto quiere ir ella a Idris –dijo Simon–, si voy a impedir eso, será mejor que
haya una maldita buena razón.
Jace exhaló lentamente, a regañadientes, y soltó su puño del brazo de Simon.
-Lo que Clary hizo en el buque de Valentine –dijo él, su voz baja–, con la runa sobre la
pared… La Runa de Apertura… Bueno, viste lo que ocurrió.
-Destruyó el buque –dijo Simon–, salvó todas nuestras vidas.
-Mantén la voz baja –Jace echó un vistazo alrededor con ansiedad.
-Tú no le vas a decir a nadie más lo que sabes, ¿no? –exigió Simon con incredulidad.
-Yo lo sé. Tú lo sabes. Luke los sabe y Magnus lo sabe. Nadie más.
-¿Qué creen todos que ocurrió? ¿El barco sólo se desmoronó oportunamente?
-Les conté que el Ritual de Conversión de Valentine debió haber salido mal.
-¿Mentiste a la Clave? –Simon no estaba seguro de si sentirse impresionado o consternado.
-Sí, mentí a la Clave. Isabelle y Alec saben que Clary tiene alguna habilidad para crear nuevas
runas, así que dudo de que sea capaz de guardar eso de la Clave o el nuevo Inquisidor. Pero si
supiesen que ella podría hacer lo que hace… Amplificar runas normales y corrientes de forma
que ellos pudieran tener un increíble poder destructivo… La querrían como luchadora, un
arma. Y ella no está dotada para eso. No fue entrenada para eso… –él se rompió, cuando
Simon sacudió la cabeza–. ¿Qué?
-Tú eres un Nephilim –dijo Simon lentamente– ¿No querrías lo que es mejor para la Clave?
Si eso significa usar a Clary…
-¿Tú quieres que ellos la tengan? ¿Ponerla en primera línea, contra Valentine y el ejército
que sea que esté erigiendo?
-No –dijo Simon–. No quiero eso. Pero no soy uno de los tuyos. No tengo que preguntarme
a mí mismo a quién poner primero, a Clary o a mi familia.
Jace se ruborizó con un rojo lento y oscuro.
-No es eso. Si creyera que pudiese ayudar a la Clave… Pero no lo hará. Sólo conseguirá ser
herida…
-Incluso aunque pensases que ayudaría a la Clave –dijo Simon–, nunca les dejarías tenerla.
-¿Qué te hace decir eso, vampiro?
-Porque nadie puede tenerla sino tú –dijo Simon.
El color abandonó la cara de Jace.
-Así que no me ayudarás –dijo él con incredulidad–. ¿No la ayudarás?
Simon vaciló, y antes de que pudiera responder, un ruido rajó el silencio entre ellos. Un
enorme grito de dolor, terrible en su desesperación, y peor, por la brusquedad con que fue
interrumpido. Jace se dio media vuelta.
-¿Qué fue eso?
El grito solitario se unió a otros chillidos, y un fuerte estruendo que destrozó el tímpano de
Simon.
-Algo está ocurriendo… Los otros…
Pero Jace ya se había puesto en marcha, corriendo por el sendero, esquivando la crecida
maleza. Después de un momento de vacilación Simon le siguió. Él había olvidado cuán rápido
podía correr ahora… Era difícil seguir los talones de Jace mientras doblaban la esquina de la
iglesia e irrumpían en el jardín.
Y en un instante reinaba el caos. Una bruma blanca cubría el jardín y había un fuerte olor en
el aire –el sabor fuerte y afilado del ozono y algo más encubierto bajo éste, dulce y
desagradable. Unas figuras se movían rápidamente hacia delante y atrás como flechas, Simon
podía verlas sólo como fragmentos, mientras aparecían y desaparecían en el espacio a través
de la niebla. Pudo ver brevemente a Isabelle, su cabello batiendo alrededor de ella en negras
lazadas mientras blandía su látigo. Había una horca mortal de relámpagos dorados a través de
las sombras. Ella estaba esquivando el avance de algo pesado y enorme –un demonio, pensó
Simon– pero estaba todo lleno de luz del día; eso era imposible. Mientras él dio un traspiés
hacia delante, vio que la criatura era de forma humanoide, pero jorobado y retorcido, en cierto
modo maligno. Llevaba cargando una ancha tabla de madera en una mano y se estaba
balanceando hacia Isabelle casi de una forma ciega.
Sólo a una pequeña distancia de allí, por un hueco en el muro de piedra, Simon podía ver el
tráfico sobre la York Avenue resonando sorda y plácidamente. El cielo sobre el Instituto era
claro.
-Repudiados –susurró Jace. Su cara estaba encendida cuando tiró de uno de sus cuchillos
seráficos del cinturón–, docenas de ellos –Empujó a Simon hacia un lado, casi con violencia –
Quédate aquí, ¿lo has entendido? Quédate aquí.
Simon se quedó helado por un momento mientras Jace fue hacia el frente sumergiéndose
en la bruma. La luz de la espada en su mano iluminaba la niebla alrededor de él volviéndola
plateada; figuras oscuras tiraban hacia atrás y hacia delante dentro de ella, y Simon sintió
como si estuviera mirando a través de una lámina de cristal esmerilado, intentando
desesperadamente distinguir lo que estaba ocurriendo al otro lado. Isabelle había
desaparecido; vio a Alec, su brazo sangrando, mientras rebanaba el pecho de un guerrero
Repudiado y contemplaba cómo se derrumbaba sobre el suelo. Otro ya estaba dispuesto y
encabritado detrás de él, pero Jace estaba allí, ahora con una espada en cada mano; saltó en el
aire y los encaraba y derribaba luego con un movimiento de tijeras despiadadas –y las cabezas
de los Repudiados se desembarazaban de sus cuellos, sangre negra saliendo a chorros. El
estómago de Simon se revolvió, la sangre olía amarga, venenosa. Pudo escuchar a los
Cazadores de Sombras llamándose unos a otros en la niebla, sin embargo los Repudiados
estaban totalmente en silencio. De repente la bruma se aclaró y Simon vio a Magnus, de pie
con ojos de loco contra el muro del Instituto. Sus manos estaban alzadas, relámpagos azules
estallando entre ellas, y en el muro donde él se encontraba parecía abrirse en la piedra un
agujero negro cuadrado. No estaba vacío, o precisamente oscuro, sino brillando como un
espejo con fuego girando atrapado dentro del cristal.
-¡El Portal! –Estaba gritando– ¡Id a través del Portal!
Varias cosas sucedieron en seguida. Maryse Lightwood apareció de entre la niebla, llevando
al chico, Max, en brazos. Se detuvo para llamar a alguien sobre el hombro y luego se internó en
el Portal y lo atravesó, desapareciendo dentro del muro. Alex la siguió, tirando de Isabelle
detrás de él, su látigo salpicando y dejando un rastro de sangre sobre el suelo. Cuando él la
empujó hacia el Portal, algo surgió de la bruma detrás de ellos. Un guerrero Repudiado
blandiendo un cuchillo de doble hoja.
Simon se descongeló. Disparándose como una flecha hacia delante, llamó a Isabelle por su
nombre –entonces dio un traspié y se cayó hacia delante, golpeando el suelo con tal fuerza
que perdería la respiración si hubiera tenido que respirar. Se retorció sobre la posición en la
que estaba, volviéndose para ver con qué se había tropezado.
Era un cuerpo. El cuerpo de una mujer, su cuello degollado, los ojos azules ensanchados por
la muerte. La sangre le manchaba el pelo pálido. Madeleine.
-¡Simon, muévete!
Era Jace, gritando. Simon miró y vio al otro chico corriendo hacia él fuera de la bruma, los
cuchillos seráficos ensangrentados en sus manos. Luego, alzó la mirada. El guerrero Repudiado
que había visto persiguiendo a Isabelle se cernía amenazador sobre él, su cara llena de
cicatrices se retorció en un rictus de sonrisa. Simon se contorsionó mientras el cuchillo de
doble hoja caía sobre él pero, incluso con sus reflejos mejorados, no era suficientemente
rápido. Un dolor abrasador se disparó a través de él mientras todo retrocedía.




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Capítulos traducido por Aurim ;)del Blog Cazadores de Sombras, publicado por Pandemonium para su blog.


2.- Las Torres Demonios de Alicante


No había cantidad de magia, pensó Clary mientras ella y Luke daban la vuelta a la manzana por
tercera vez, que pudiera crear nuevos espacios de aparcamiento en una calle de la ciudad de
Nueva York. No había ninguno para aparcar la camioneta, y la mitad de la calle estaba en doble
fila. Finalmente, Luke paró en una boca de riego y puso la pickup (modelo de camioneta) en
punto muerto con un suspiro.
-Tú vete –dijo él–. Hazles saber que estás aquí. Te llevaré la maleta.
Clary asintió con la cabeza, pero vaciló antes de alcanzar el tirador de la puerta. Su
estómago estaba encogido por la ansiedad, y deseó, no por primera vez, que Luke fuera con
ella.
-Siempre pensé que la primera vez que fuera al extranjero, llevaría un pasaporte conmigo al
menos.
Luke no sonreía.
-Sé que estás nerviosa –dijo él–, pero todo irá bien. Los Lightwoods cuidarán bien de ti.
Eso te he dicho yo a ti sólo un millón de veces, pensó Clary. Suavemente le dio unas
palmaditas a Luke en el hombro antes de bajar de un salto de la camioneta.
-Te veo dentro de poco.
Tomó adelante el agrietado sendero de piedra, el sonido del tráfico decaía mientras se
acercaba a las puertas de la iglesia. Le llevó unos instantes distinguir el glamour del Instituto
esta vez. Sentía como si otra capa de encubrimiento hubiera sido añadida a la fría catedral,
como una capa de pintura. Apartarla con su mente fue difícil, casi doloroso. Finalmente,
desapareció y ella pudo ver la iglesia como era. Las enormes puertas de madera relucían como
si acabasen de ser pulidas.
Había un olor extraño en el aire, como de ozono y a quemado. Con el ceño fruncido puso la
mano sobre el pomo. Soy Clary Morgenstern, una de los Nephilim, y pido entrar al Instituto…
La puerta osciló abriéndose. Clary dio un paso hacia el interior. Miró alrededor,
parpadeando, intentó identificar qué era aquello que de algún modo se sentía diferente
dentro de la catedral. Se dio cuenta cuando la puerta se cerró detrás de ella, atrapándola en la
negrura sólo mitigada por el brillo débil de la elevada y lejana ventana que había sobre su
cabeza. Ella nunca había estado en el vestíbulo del Instituto sin la luz de las docenas de llamas
en los elaborados candelabros que se alineaban en el pasillo entre los bancos.
Sacó la piedra de luz mágica del bolsillo y la sostuvo en alto. La luz brotó de ella, mandando
brillantes rayos de iluminación de entre sus dedos. Iluminó las polvorientas esquinas del
interior de la catedral mientras se dirigía al ascensor cerca del altar desnudo y pulsaba con
impaciencia el botón de llamada.
No ocurrió nada. Después de medio minuto presionó el botón otra vez, y otra vez. Puso la
oreja contra la puerta del ascensor y escuchó. Ningún sonido. El Instituto se había vuelto
oscuro y silencioso, como un juguete mecánico al que se le acaba la cuerda. Su corazón
palpitaba pesadamente ahora, Clary recorrió apresuradamente el pasillo de nuevo y empujó
las pesadas puertas para abrirlas. Parada en los escalones de la fachada de la iglesia, lanzó un
frenético vistazo alrededor. El cielo estaba oscureciéndose hacia el cobalto sobre su cabeza, y
el aire olía incluso más fuerte a quemado. ¿Había habido un fuego? ¿Habían los Cazadores de
Sombras evacuado aquello? Pero el lugar parecía intacto…
-No hubo fuego.
La voz era suave, aterciopelada y familiar. Una figura alta se materializó de entre las
sombras, el pelo hacia arriba en una corona de puntas desgarbadas. Llevaba un traje de seda
negro sobre una camisa verde esmeralda brillante, y anillos alegremente enjoyados en sus
estrechos dedos. También estaban implicadas unas botas extravagantes y una buena cantidad
de brillantina.
-¿Magnus? –susurró Clary.
-Sé lo que estás pensando –dijo Magnus–, pero no hubo fuego. Ese olor es niebla del
infierno… Es un tipo de humo demoniaco encantado. Anulan los efectos de ciertos tipos de
magia.
-¿Niebla demoniaca? Entonces había…
-Un ataque en el Instituto. Sí. Esta tarde, más temprano. Repudiados… Probablemente unas
cuantas docenas de ellos.
-Jace –susurró Clary–, los Lightwoods…
-El humo del infierno anuló mi capacidad para luchar contra los Repudiados con efectividad.
Las suyas, también. Tuve que enviarles a través del Portal hacia Idris.
-Pero, ¿ninguno de ellos resultó herido?
-Madeleine –dijo Magnus–, Madeleine fue asesinada. Lo siento, Clary.
Clary se dejó caer sobre los escalones. No había conocido bien a la mujer mayor, pero
Madeleine era una conexión indirecta con su madre… Su verdadera madre, la fuerte y
luchadora Cazadora de Sombras que Clary no había conocido nunca.
-¿Clary? –Luke venía por el sendero a través de la creciente oscuridad. Tenía la maleta de
Clary en una mano–. ¿Qué ha ocurrido?
Clary sentada abrazando las rodillas mientras Magnus lo explicaba. Debajo de su dolor por
Madeleine ella estaba llena de una culpable sensación de alivio. Jace estaba bien. Los
Lightwoods estaban bien. Se lo repetía una y otra vez a sí misma, en silencio. Jace estaba bien.
-Los Repudiados –dijo Luke–, ¿fueron todos aniquilados?
-No todos –Magnus sacudió la cabeza–. Después de enviar a los Lightwoods a través del
Portal, los Repudiados se dispersaron; ellos no parecían estar interesados en mí. Para cuando
cerré el Portal, todos ellos ya se habían ido.
Clary levantó la cabeza.
-¿El Portal está cerrado? Pero… Todavía puedes mandarme a Idris, ¿verdad? –preguntó
ella–. Quiero decir, puedo ir a través del Portal y unirme a los Lightwoods allí, ¿no?
Luke y Magnus intercambiaron una mirada. Luke soltó la maleta junto a sus pies.
-¿Magnus? –la voz de Clary se elevó, estridente a sus propios oídos–. Tengo que ir.
-El Portal está cerrado, Clary…
-¡Entonces abre otro!
-No es así de fácil –dijo el brujo–. La Clave protege cualquier entrada mágica a Alicante con
mucho cuidado. Su capital es un lugar sagrado para ellos… Es como su Vaticano, su Ciudad
Prohibida. Ningún Submundo puede ir allí sin permiso, y ningún mundano.
-Pero, ¡yo soy una Cazadora de Sombras!
-Sólo apenas –dijo Magnus–. Además, las torres impiden hacer Portales directos a la ciudad.
Para abrir un Portal que lleve a Alicante, tendría que tenerlos allí al otro lado esperándote. Si
intento enviarte yo solo, estaría contraviniendo directamente la Ley, y no estoy dispuesto a
correr ese riesgo por ti, galletita, no importa cuánto me gustes personalmente.
Clary pasó la mirada del rostro de pesar de Magnus al de cautela de Luke.
-Pero necesito ir a Idris –dijo ella–. Necesito ayudar a mi madre. Debe haber alguna otra
manera de llegar allí, alguna forma que no implique un Portal.
-El aeropuerto más cercano está en otro país –dijo Luke–. Si pudiéramos cruzar la frontera…
Y ese es un gran “Si”… Habría un largo y peligroso viaje por tierra después de eso, a través de
toda suerte de territorios del Submundo. Podría llevarnos días llegar allí.
Los ojos de Clary estaban ardiendo. No voy a llorar, se decía a sí misma. No lo haré.
-Clary –la voz de Luke era suave–. Nos pondremos en contacto con los Lightwoods. Ellos se
asegurarán de que tienen toda la información que necesitan para conseguir el antídoto para
Jocelyn. Ellos pueden dar con Fell…
Pero Clary estaba de pie, sacudiendo la cabeza.
-Tengo que ser yo –dijo ella–. Madeleine dijo que Fell no hablaría con nadie más.
-¿Fell? ¿Ragnor Fell? –hizo de eco Magnus–. Puedo intentar enviarle un mensaje. Hazle
saber que debe esperar a Jace.
Algo de la preocupación se desvaneció del rostro de Luke.
-Clary, ¿has oído eso? Con la ayuda de Magnus…
Pero Clary no quería oír nada más sobre la ayuda de Magnus. No quería oír nada. Ella había
pensado que iría a salvar a su madre, y ahora no iba a haber nada que ella pudiera hacer sino
sentarse junto a la cama de su madre, sostener su mano lacia y esperar que alguien más, en
algún lugar, fuera capaz de hacer lo que ella no podía.
Bajó los peldaños con dificultad, empujando a Luke al pasar cuando él intentó alargar la
mano hasta ella.
-Sólo necesito estar sola un segundo.
-Clary…
Escuchó a Luke llamarla, pero se apartó de él, rodeando como una flecha el lateral de la
catedral. Se encontró a sí misma siguiendo el sendero de piedra donde se bifurcaba,
conduciendo su camino hacia el pequeño jardín en el lado este del Instituto, hacia el olor a
carbón y cenizas… Y un denso y afilado olor bajo ese. El olor de magia demoniaca. Había niebla
en el jardín todavía, fragmentos diseminados de ella como rastros de nubosidad aquí y allí
sobre el borde de los rosales o escondidos bajo una piedra. Podía ver dónde la tierra había sido
removida con anterioridad por la lucha… Y había una mancha roja oscura allí, sobre uno de los
bancos de piedra, que ella no quiso seguir mirando.
Clary volvió la cabeza. Y se detuvo. Allí, contra el muro de la catedral, estaban las
inconfundibles marcas de una runa mágica, irradiando aún caliente un azul que se desvanecía
contra la piedra gris. Ellas formaban un contorno cuadrado, como el contorno de luz alrededor
de una puerta medio abierta…
El Portal.
Algo en su interior parecía retorcerse. Recordaba otros símbolos, brillando peligrosamente
contra el liso casco metálico de un barco. Recordaba el estremecimiento abrupto que el barco
había dado cuando se desquebrajó, el agua negra del East River entrando en su interior. Son
sólo runas, pensó ella. Símbolos. Puedo dibujarlos. Si mi madre puede atrapar la esencia de la
Copa Mortal en el interior de un trozo de papel, entonces yo puedo fabricar un Portal.
Encontró a sus pies llevándola al muro de la catedral, su mano intentando alcanzar en su
bolsillo la estela. Disponiendo la mano sin temblar, asentó el extremo de la estela en la piedra.
Apretó los párpados cerrados y, contra la oscuridad detrás de ellos, comenzó a dibujar con la
mente onduladas líneas de luz. Líneas que le hablaban de entradas, de ser transportada por
torbellinos de aire, de viajar y lugares lejanos. Las líneas se unieron en una runa tan grácil
como un pájaro en vuelo. Ella no sabía si era una runa que ya había existido antes o una que
hubiera inventado, pero existía ahora como si siempre lo hubiera hecho.
Portal.
Comenzó a dibujar, las marcas saltaban fuera del extremo de la estela en negras líneas de
carbón. La piedra chisporroteaba llenando su nariz con ácido olor de combustión. Una caliente
luz azul crecía contra sus párpados cerrados. Sintió el calor sobre la cara, como si estuviera
enfrente de un fuego. Con un grito ahogado dejó caer la mano, abriendo los ojos.
La runa que había dibujado era una flor oscura que florecía sobre el muro de piedra.
Mientras la observaba, sus líneas parecían fundirse y cambiar, fluyendo con delicadeza hacia
abajo, desplegándose, reorganizándose por sí mismas. En unos instantes la forma de la runa
había cambiado. Ahora era el contorno de una entrada incandescente, varios pies más alta que
la propia Clary.
No podía apartar los ojos de la entrada. Brillaba con la misma luz oscura que el Portal de
detrás de la cortina en casa de Madame Dorothea. Alargó la mano hacia ella…
Y reculó. Para usar un Portal, recordó con una sensación de abatimiento, tenías que
imaginar dónde querías ir, dónde querías que el Portal te llevase. Pero ella nunca había estado
en Idris. Se la habían descrito, por supuesto. Un lugar de verdes valles, de oscuros bosques y
agua resplandeciente, de lagos y montañas, y Alicante, la ciudad de las torres de cristal. Podía
imaginar cómo sería, pero la imaginación no era suficiente, no con esta magia. Si tan sólo…
Ella dio una súbita aspiración brusca. Pero había visto Idris. La había visto en un sueño, y
sabía, sin saber cómo, que había sido un sueño real. Después de todo, ¿qué le había dicho Jace
en el sueño acerca de Simon? ¿Que él no podía quedarse porque “este lugar es para los
vivos”? Y no mucho después de eso, Simon murió…
Ella echó su memoria hacia atrás en el sueño. Había estado bailando en un salón en
Alicante. Las paredes eran doradas y blancas, con un techo claro como un diamante sobre ella.
Había una fuente –un plato de plata con la estatua de una sirena en el centro– y luces
colgando de los árboles en el exterior por las ventanas, y Clary iba de terciopelo verde, justo
como iba ahora.
Como si aún estuviera en el sueño, entró en contacto con el Portal. Una luz brillante se
extendió bajo el toque de sus dedos, una puerta abriéndose a un lugar iluminado al otro lado.
Se encontró a sí misma mirando fijamente un dorado torbellino girando que lentamente
comenzaba a fusionarse en formas discernibles. Creyó poder ver el perfil de las montañas, un
trozo de cielo…
-¡Clary!
Era Luke, corriendo por el sendero, su cara una máscara de enfado y consternación. Detrás
de él a grandes zancadas venía Magnus, sus ojos de gato brillando como metal en la cálida luz
del Portal que bañaba el jardín.
-¡Clary, detente! ¡Las protecciones son peligrosas! ¡Lograrás matarte a ti misma!
Pero ya no había marcha atrás. Al otro lado del Portal la luz dorada estaba creciendo.
Pensaba en las paredes doradas del Salón en su sueño, la luz dorada refractando sobre el
cristal tallado por todas partes. Luke estaba equivocado; no entendía su don, cómo
funcionaba… ¿Qué importaban las protecciones cuando podías crear tu propia realidad sólo
con dibujarla?
-Tengo que ir –gritó ella avanzando, la yema de los dedos extendidas–. Luke, lo siento…
Ella dio un paso hacia delante, y con un último salto veloz él estuvo a su lado, agarrando su
muñeca justo cuando el Portal parecía explosionar alrededor de ellos. Como un tornado
arrancando un árbol desde las raíces, la fuerza tiró de ambos levantando sus pies en el aire.
Clary captó un último vistazo de los coches y edificios de Manhattan girando lejos de ella,
desapareciendo cuando el fuerte latigazo de una corriente de viento la arrastró, enviándola a
toda velocidad, su muñeca aún asida fuerte como el hierro por Luke, dentro de un dorado
remolino de caos.
Simon despertó con el rítmico golpeteo del agua. Se incorporó, un repentino terror heló su
pecho… La última vez que se había despertado con el sonido de las olas estaba prisionero en el
buque de Valentine, y el suave ruido líquido le retrotrajo a ese momento terrible con una
emergencia que era como agua helada en la cara.
Pero no… Un rápido vistazo alrededor le dijo que estaba totalmente en otro sitio. Por una
cosa, estaba acostado bajo una suave manta y sobre una cómoda cama de madera en una
habitación pequeña y limpia, cuyas paredes estaban pintadas de un azul pálido. Oscuras
cortinas estaban corridas frente a la ventana, pero la ligera luz alrededor de sus bordes era
suficiente para que sus ojos de vampiro vieran con claridad.
Había una alfombra brillante sobre el suelo y un armario con espejo en una pared. También
había un sillón puesto a un lado de la cama. Simon se levantó, las mantas cayéndose a un lado,
y se dio cuenta de dos cosas: una, que todavía llevaba los mismos vaqueros y camiseta que
había usado cuando se dirigía al Instituto para encontrarse con Jace; y dos, que la persona que
estaba en la silla estaba dormitando, con la cabeza apoyada en la mano, su largo cabello negro
extendido como un chal de flecos.
-¿Isabelle? –dijo Simon.
Su cabeza saltó como una jack-in-the-box (caja de sorpresas con muñeco y resorte)
sobresaltada, los ojos volaban abiertos.
-¡Oooh! ¡Estás despierto! –ella se sentó recta, echándose el cabello hacia atrás–. Jace va a
estar tan aliviado. Estábamos casi totalmente seguros de que ibas a morir.
-¿Morir? –Simon hizo eco. Se sentía mareado y un poco enfermo– ¿De qué? –echó un
vistazo alrededor a la habitación, parpadeando–. ¿Estoy en el Instituto? –preguntó él, y se dio
cuenta en el momento en el que las palabras salían de su boca que, por supuesto, eso era
imposible–. Quiero decir… ¿Dónde estamos?
Un parpadeo inquieto pasó por el rostro de Isabelle.
-Bueno… ¿Quieres decir que no recuerdas qué pasó en el jardín? –ella tiró nerviosamente
del adorno de crochet que rodeaba el tapizado de la silla–. El Repudiado te atacó. Había
muchos de ellos, y la niebla del infierno hizo difícil el luchar contra ellos. Magnus abrió el
Portal, y estábamos corriendo para entrar en él cuando te vi viniendo hacia nosotros.
Tropezaste con… Con Madeleine. Y había un Repudiado justo detrás de ti; debiste no verlo,
pero Jace sí. Intentó alcanzarte, pero fue demasiado tarde. El Repudiado te acuchilló.
Sangraste… Un montón. Jace mató al Repudiado, te recogió y te llevó a través del Portal con él
–finalizó, hablando tan rápidamente que sus palabras se aturullaban y Simon tenía que hacer
esfuerzos para entenderlas–. Y nosotros ya estábamos al otro lado, y déjame decirte, que
todos nos quedamos un poco sorprendidos cuando Jace vino contigo sangrando sobre él. El
Cónsul no se alegró nada en absoluto.
La boca de Simon estaba seca.
-¿El Repudiado me acuchilló? –parecía imposible. Pero la verdad es que él ya se había
curado antes, después de ser degollado por Valentine. Todavía estaba seguro de recordarlo, al
menos. Sacudiendo la cabeza, bajó la mirada hacia sí mismo–. ¿Dónde?
-Te lo mostraré.
Para su sorpresa, un instante después Isabelle estaba sentada sobre la cama a su lado, sus
manos frescas sobre su estómago. Levantó su camiseta, descubriendo una zona pálida sobre
su estómago, bisecado por una fina línea roja. Apenas era una cicatriz.
-Aquí –dijo ella con los dedos sobrevolando–. ¿Te duele?
-N-no.
La primera vez que Simon vio a Isabelle la había encontrado tan atractiva, tan llena de vida,
vitalidad y energía, que pensó que finalmente había encontrado una chica que brillase con la
luz suficiente para eclipsar la imagen de Clary, que siempre pareció estar impresa bajo sus
párpados. Fue por la época en que ella le llevó a convertirse en una rata, en la fiesta en el loft
de Magnus Bane, que se dio cuenta de que Isabelle ardía quizás con un poco de demasiada luz
para un tipo corriente como él.
-No me duele.
-Pero a mí los ojos sí –dijo con calma una voz divertida desde la entrada. Jace. Él había
llegado tan silenciosamente que ni siquiera Simon le había oído; cerrando la puerta detrás de
él, sonrió burlonamente cuando Isabelle bajó la camisa de Simon–. ¿Abusando del vampiro
mientras está demasiado débil para defenderse, Iz? –preguntó él–. Estoy bastante seguro de
que viola al menos uno de los Acuerdos.
-Sólo estaba mostrándole dónde fue acuchillado –protestó Isabelle, pero se escabulló de
vuelta a la silla con bastante precipitación–. ¿Qué está pasando abajo? –preguntó ella–.
¿Todavía está flipando todo el mundo?
La sonrisa abandonó el rostro de Jace.
-Maryse ha subido al Gard con Patrick –dijo él–. La Clave está en sesión y Malachi pensó que
sería mejor si ella… lo explicaba…en persona.
Malachi. Patrick. Gard. Los nombres desconocidos daban vueltas en la cabeza de Simon.
-¿Explicaba el qué?
Isabelle y Jace intercambiaron una mirada.
-Explicarte a ti –dijo Jace finalmente–. Explicar por qué trajimos un vampiro con nosotros a
Alicante, que está, por cierto, expresamente contra la Ley.
-¿A Alicante? ¿Estamos en Alicante?
Una ola de pánico rotundo arrastró a Simon, que rápidamente fue sustituida por un dolor
que se disparó a través de su bisección. Se dobló sobre sí, respirando entrecortadamente.
-¡Simon! –Isabelle alargó la mano, alarma en sus ojos oscuros– ¿Estás bien?
-Vete, Isabelle –Simon, las manos cerradas en puños contra el estómago, levantó la vista a
Jace, suplicante su voz–. Haz que se vaya.
Isabelle retrocedió, con una mirada herida en su cara.
-Bien. Me iré. No tienes que decírmelo dos veces.
Ella salió indignada por su pie de la habitación, dando un portazo tras de ella.
Jace se volvió a Simon, sus ojos ámbar sin expresión.
-¿Qué está pasando? Creí que estabas curado.
Simon levantó una mano para rechazar al otro chico. Un gusto metálico ardió en el interior
de su garganta.
-No es Isabelle –masculló él–. No me duele… Sólo tengo… hambre –sentía sus mejillas
arder–. Perdí sangre, así que… Necesito reponerla.
-Por supuesto –dijo Jace en el tono de alguien que acaba de ser instruido sobre un
interesante, si no particularmente necesario, hecho científico. El ligero interés dejó su
expresión, para ser sustituido por algo que le pareció a Simon divertido desdén. Esto pulsó un
acorde de ira dentro de él, y si no hubiera estado tan debilitado por el dolor, se habría lanzado
fuera de la cama y sobre el otro chico con furia. Tal como estaba la cosa, todo lo que pudo
hacer fue respirar entrecortadamente:
-Jódete, Wayland.
-¿Así que, Wayland? –la mirada divertida no abandonó el rostro de Jace, pero las manos
fueron hacia su cuello y comenzaron a bajar la cremallera de su chaqueta.
-¡No! –Simon retrocedió sobre la cama–. No me importa cuán hambriento esté. No voy… a
beber tu sangre… otra vez.
La boca de Jace se torció.
-Como si fuera a dejarte –rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un frasco de
cristal. Estaba medio lleno de un ligero líquido rojo marrón–. Pensé que podrías necesitar esto
–dijo él–. Exprimí el zumo de unos cuantos kilos de carne cruda en la cocina. Era lo mejor que
podía hacer.
Simon tomó el frasco de Jace con las manos, que estaban temblando tanto que el otro chico
tuvo que desenroscar el tapón por él. El líquido en su interior era repugnante: demasiado
ligero y salado para ser sangre propiamente dicha, y con ese ligero sabor desagradable que
Simon sabía que significaba que la carne ya tenía varios días.
-Ugh –dijo él después de unos cuantos tragos–, sangre muerta.
Las cejas de Jace se elevaron.
-¿No están muertas todas las sangres?
-Cuanto más tiempo lleve muerto el animal del que esté bebiendo su sangre, peor es el
sabor de ésta –explicó Simon–. Fresca es mejor.
-Pero tú nunca has bebido sangre fresca. ¿No?
Simon elevó ahora sus cejas en respuesta.
-Bueno, aparte de mí, por supuesto –dijo Jace-. Y estoy seguro de que mi sangre es “fantastic.”
(juego de palabras: tastic por taste: sabor).
Simon puso el frasco vacío sobre el brazo del sillón que estaba al lado de la cama.
-Hay algo que está muy mal en ti –dijo él–. Mentalmente, quiero decir.
Su boca todavía sabía a sangre estropeada, pero el dolor se había ido. Se sintió mejor, más
fuerte, como si la sangre fuera una medicina que hiciera efecto instantáneamente, una droga
que debía de tener para vivir. Se preguntaba si esto era como para los adictos la heroína.
-Así que estoy en Idris.
-Alicante, para ser concretos –dijo Jace–. La capital. La única ciudad, en realidad –fue hacia
la ventana y descorrió las cortinas–. Los Penhallows no nos creyeron en absoluto –dijo él–, lo
de que el sol no te afecte. Pusieron estas cortinas para oscurecer. Pero deberías mirar.
Levantándose de la cama, Simon se unió a Jace en la ventana. Y miró.
Hacía unos cuantos años su madre les había llevado a él y a su hermana de viaje a La
Toscana –una semana de pesados platos desconocidos de pasta, pan sin sal, campiñas de
castaño intenso y su madre bajando a toda velocidad por carreteras estrechas y retorcidas,
evitando chocar a duras penas su Fiat contra los bellos edificios antiguos que ostensiblemente
venían a ver. Recordaba el parar en una ladera justo enfrente de una ciudad llamada San
Gimignano, una colección de edificios de color teja salpicados aquí y allá con grandes torres,
cuyas partes superiores se elevaban hacia lo alto como para alcanzar el cielo. Si lo que estaba
mirando ahora le recordaba a aquello, era por eso; pero esto era además tan extraño que era
totalmente diferente a nada que hubiera visto antes.
Él estaba mirando por una ventana de arriba en lo que debía ser una casa bastante alta. Si
miraba hacia arriba podía ver el alero de piedra y el cielo más allá. Al otro lado de un camino
había otra casa, no exactamente tan alta como esta, y entre ellas corría un canal estrecho y
oscuro, cruzado aquí y allá por puentes –la fuente del agua de la que él había oído antes. La
casa parecía estar construida en parte sobre una colina. Por debajo de ella, casas de piedra de
color miel, apiñadas a lo largo de estrechas calles, caían en el borde de un círculo verde:
bosques, rodeados por colinas que estaban muy lejanas; desde aquí se parecían a largas
franjas de verde y marrón salpicadas con estallidos de colores otoñales. Detrás de las colinas
se alzaban afiladas montañas coronadas con nieve.
Pero nada de eso era lo extraño; lo extraño era que aquí y allá en la ciudad, situadas
aparentemente al azar, se elevaban vertiginosas torres coronadas con agujas de un material
reflectante plateado blanquecino. Parecían agujerear el cielo como brillantes dagas, y Simon se
dio cuenta de dónde había visto ese material antes: en las fuertes armas como de cristal que
llevaban los Cazadores de Sombras, las que ellos llamaban cuchillos seráficos.
-Esas son las torres del demonio –dijo Jace, en respuesta a la pregunta no formulada de
Simon–. Controlan las protecciones que guardan la ciudad. Gracias a ellas, ningún demonio
puede entrar en Alicante.
El aire que entró por la ventana era frío y limpio, el tipo de aire que nunca respirarías en la
ciudad de Nueva York: no sabía a nada, ni a suciedad, ni a humo, ni a metal, ni a otras
personas. Sólo aire. Simon tomó una profunda e innecesaria respiración de él antes de darse la
vuelta para mirar a Jace; algunos hábitos humanos morían con dificultad.
-Dime –dijo él– que traerme aquí fue un accidente. Dime que no era de alguna manera
parte de tu querer parar a Clary de venir contigo.
Jace no le miraba, pero su pecho se elevó y cayó una vez, rápidamente, en una especie de
exclamación reprimida.
-Está bien –dijo él–. Creé a un puñado guerreros Repudiados, los puse a atacar el Instituto y
matar a Madeleine y casi al resto de nosotros, sólo con el fin de poder mantener a Clary en
casa. Y quien lo iba a decir, mi diabólico plan está funcionando.
-Bueno, está funcionando –dijo Simon tranquilamente–. ¿No?
-Escucha, vampiro –dijo Jace–. Mantener a Clary fuera de Idris era el plan. Traerte aquí no
era el plan. Te traje a través del Portal porque si te hubiera dejado atrás, sangrando e
inconsciente, el Repudiado te habría matado.
-Podrías haberte quedado atrás conmigo…
-Ellos nos habrían matado a ambos. Ni siquiera podía decir cuántos de ellos había, no con la
niebla del infierno. Todavía no puedo rechazar el ataque de un centenar de Repudiados.
-Aun así –dijo Simon–, apuesto a que te duele admitir eso.
-Eres un imbécil –dijo Jace sin hacer inflexión–, incluso para ser un Submundo. Te salvé la
vida e incumplí la Ley al hacerlo. No por primera vez, podría añadir. Podrías mostrar un poco
de gratitud.
-¿Gratitud? –Simon encrespó los dedos contra las palmas–. Si no me hubieras arrastrado
hasta el Instituto, no estaría aquí. Nunca estuve de acuerdo con esto.
-Lo estuviste –dijo Jace–, cuando dijiste que harías cualquier cosa por Clary. Esto es
cualquier cosa.
Antes de que Simon pudiera lanzar su réplica con enfado, sonó una llamada en la puerta.
-¿Hola? –dijo Isabelle desde el otro lado–. Simon, ¿se ha terminado ya tu momento diva?
Necesito hablar con Jace.
-Entra, Izzy –Jace no apartó los ojos de Simon; había una ira eléctrica en su mirada, y una
especie de desafío que hacían que Simon deseara golpearle con algo pesado. Como una
camioneta.
Isabelle entró en la habitación en una espiral de cabello negro y plateadas faldas
superpuestas. El corsé de marfil que llevaba dejaba sus brazos y hombros, con simétricas runas
oscuras, al descubierto. Simon supuso que aquello sería un cambio de rutina agradable para
ella, el poder mostrar las Marcas en un lugar donde nadie pensara que son algo fuera de lo
normal.
-Alec va a subir al Gard –dijo Isabelle sin preámbulos–. Quiere hablar contigo sobre Simon
antes de irse. ¿Puedes venir abajo?
-Claro –Jace se dirigió hacia la puerta; a mitad de camino se dio cuenta de que Simon le
estaba siguiendo y se volvió con el ceño fruncido–. Tú quédate aquí.
-No –dijo Simon–, si vas a hablar de mí, quiero estar presente.

Por un momento parecía que la calma glacial de Jace se iba a romper; enrojeció y abrió la
boca, sus ojos centelleando. Tan rápidamente como, desaparecido el enfado, se apaciguó en
un obvio acto de voluntad. Hizo rechinar los dientes y sonrió.
-Bien –dijo–, vamos abajo, vampiro. Podrás encontrarte con la familia feliz al completo.
La primera vez que Clary había ido a través de un Portal, la sensación había sido de volar, de
caída ingrávida. Esta vez era como ser empujada al interior del corazón de un tornado. Vientos
bramantes tiraban de ella, arrancando su mano de la de Luke y el grito de su boca. Cayó dando
vueltas por el corazón de un torbellino negro y dorado.

Algo plano, duro y plateado como la superficie de un espejo se elevó enfrente de ella. Se
precipitó en picado hacia aquello, gritando, echando sus manos hacia arriba para cubrir su
cara. Golpeó su superficie y la rompió atravesándola y entrando en un mundo de frío brutal y
bocanadas de asfixia. Ella se estaba hundiendo a través de una densa oscuridad azul,
intentando respirar, pero no podía insuflar aire a sus pulmones, sólo más frialdad bajo cero…
De repente fue agarrada por la espalda de su abrigo y arrastrada hacia arriba. Pataleó
pobremente pero estaba demasiado débil para deshacerse del agarre sobre ella. Aquello tiró
de ella hacia arriba, y la oscuridad añil alrededor de ella se volvió azul pálido y luego dorada
cuando rompió la superficie del agua –era agua– y aspiró una bocanada de aire. O lo intentó.
En su lugar se asfixiaba y daba arcadas, puntos negros salpicando su visión. Estaba siendo
arrastrada a través del agua, rápidamente, con algas agarrando y tirando de sus piernas y
brazos. Se giró alrededor hacia el agarre que la sostenía y pudo captar un aterrador fogonazo
de algo, no lo suficientemente lobo ni suficientemente humano, las orejas puntiagudas como
dagas y los labios retirados de los blancos y afilados dientes. Intentó gritar, pero sólo ascendía
agua.

Un instante después estaba fuera del agua y siendo arrojada sobre tierra húmeda
fuertemente compactada. Había manos sobre sus hombros, volviéndola bocabajo contra el
suelo. Las manos le golpeaban la espalda, una y otra vez, hasta que su pecho hizo un espasmo
y tosió un chorro de agua.

Estaba todavía asfixiada cuando las manos la volvieron sobre su espalda. Ella estaba
mirando hacia arriba a Luke, una negra sombra contra el enorme cielo azul con toques de
nubes blancas. La moderación que ella estaba acostumbrada a ver en su expresión se había
ido; él ya no estaba como lobo, pero parecía furioso. La movió hasta ponerla en una posición
sentada, sacudiéndola con fuerza, una y otra vez, hasta que ella respiró jadeando y arremetió
contra él con voz débil.

-¡Luke! ¡Para! Me estás haciendo daño…
Las manos de él dejaron sus hombros. En su lugar agarró la barbilla de ella con una mano,
obligándola a subir la cabeza, los ojos revisando su cara.
-El agua –dijo él–, ¿has expulsado toda el agua?
-Creo que sí –susurró ella. Su voz llegaba con debilidad desde la garganta hinchada.
-¿Dónde está tu estela? –exigió él, y cuando ella vaciló, su voz se hizo más afilada–. Clary. Tu
estela. Sácala.
Ella se liberó de su agarre y hurgó en sus bolsillos húmedos, el corazón cayéndosele a los
pies mientras los dedos tentaban contra la nada, sólo contra el material mojado. Giró su cara
de abatimiento hacia Luke.
-Creo que debe habérseme caído en el lago –gimoteó ella–. La estela de mi… mi madre…
-Jesús, Clary –Luke se puso en pie, poniendo distraídamente las manos detrás de la cabeza.
Él también estaba empapado, agua cayendo de sus vaqueros y su pesado abrigo de franela en
espesos riachuelos. Las gafas que normalmente llevaba a medio camino de su nariz habían
desaparecido. Bajó la mirada sombríamente hasta ella–. Estás bien –dijo él. No era en realidad
una pregunta–. Quiero decir, en este momento. ¿Te sientes bien?
Ella asintió con la cabeza.
-Luke, ¿qué va mal? ¿Por qué necesitamos mi estela?
Luke no dijo nada. Él estaba mirando alrededor como esperando recibir alguna ayuda de las
inmediaciones. Clary siguió su mirada. Ellos estaban en la ribera ancha y sucia de un lago
bastante grande. El agua era azul pálido, chispeada aquí y allá con reflejos de luz de sol. Ella se
preguntó si esa era la fuente de la luz dorada que había visto a través del Portal medio abierto.
No había nada siniestro en el lago ahora que ella estaba a su lado en vez de en él. Estaba
rodeado por colinas verdes salpicadas por árboles que estaban empezando a volverse rojizos y
dorados. Detrás de las colinas se alzaban altas montañas, sus cumbres tapadas con nieve. Clary
tiritaba.
-Luke, ¿cuándo estábamos en el agua… eras en parte lobo? Creí ver…
-Mi lado lobo nada mejor que mi lado humano –dijo Luke brevemente–. Y más fuerte. Tuve
que tirar de ti a través del agua, y no me ofreciste mucha ayuda.
-Lo sé –dijo ella–. Lo siento. No suponía que fueras a venir conmigo.
-Si no hubiera venido estarías muerta ahora –señaló él–. Magnus te lo dijo, Clary. No puedes
usar un Portal para entrar en la Ciudad de Cristal sin tener a alguien esperándote al otro lado.
-Él dijo que era contra la Ley. No dijo que si intentaba llegar aquí saldría disparada.
-Te dijo que había protecciones alrededor de la ciudad que impedían entrar en ella por un
Portal. No es culpa suya que decidieras jugar con magia que acabas apenas de conocer. Sólo
porque tengas poder no significa que sepas cómo usarlo –frunció el ceño.
-Lo siento –dijo Clary en voz baja–. Sólo… ¿Dónde estamos ahora?
-Lago Lyn –dijo Luke–. Creo que el Portal nos ha llevado tan cerca de la ciudad como ha
podido y luego nos ha arrojado. Estamos en las afueras de Alicante –él miró alrededor,
sacudiendo la cabeza medio asombrado y medio cansado–. Tú has hecho esto, Clary. Estamos
en Idris.
-¿Idris? –dijo Clary, y se quedó mirando estúpidamente a través del lago. Éste la
deslumbraba con centelleos, azul y tranquilo–. Pero… Dijiste que estábamos a las afueras de
Alicante. No veo la ciudad por ninguna parte.
-Estamos a millas de distancia –puntualizó Luke–. ¿Ves aquellas colinas a lo lejos? Tenemos
que cruzarlas; la ciudad está al otro lado. Si tuviéramos coche, podríamos estar allí en una
hora, pero vamos a tener que caminar, lo que probablemente nos llevará toda la tarde –él
entornó los ojos hacia el cielo–. Será mejor ir comenzando.
Clary bajó la mirada a sí misma con consternación. La perspectiva de un día entero de
caminata con ropas chorreando no le atraía.
-¿No hay nada más…?
-¿Nada más que podamos hacer? –dijo Luke, y hubo un repentino filo de enfado en su voz–.
¿Tienes alguna sugerencia, Clary, ya que eres tú la que nos has traído hasta aquí? –Señaló más
allá del lago–. Ese camino se encuentra entre montañas. Transitable a pie sólo en pleno
verano. Nos congelaríamos hasta morir en las cumbres –se volvió, apuñalando con su dedo
otra dirección–. Ese camino transcurre a través de millas de bosques. Bordean todo el camino.
Están deshabitados, al menos por seres humanos. Pasado Alicante hay tierras de labranza y
casas de campo. Quizás podamos salir de Idris, pero todavía tendremos que pasar por la
ciudad. Una ciudad, puedo añadir, donde los Submundo como yo no somos muy bienvenidos.
Clary le miró con la boca abierta.
-Luke, no sabía…
-Por supuesto que no lo sabías. No sabes nada de Idris. No te importa Idris siquiera. Sólo
estabas preocupada porque te dejaran atrás, como una niña, y has tenido una rabieta. Y ahora
estamos aquí. Perdidos, congelados y… –se interrumpió, su cara estricta–. Vamos,
comencemos a caminar.
Clary siguió a Luke a lo largo de la orilla del Lago Lyn en un silencio abatido. Mientras
caminaban, el sol secaba su pelo y su piel, pero el abrigo de terciopelo mantenía el agua como
una esponja. Colgaba sobre ella como una cortina de plomo mientras tropezaba y caía a toda
prisa contra piedras y fango, intentando seguir las largas zancadas de Luke. Ella hizo unos
cuantos intentos más de conversación, pero Luke seguía obstinadamente en silencio. Nunca
había hecho nada tan mal anteriormente que una disculpa no hubiera ablandado el enfado de
Luke. Esta vez, parecía, era diferente.
Los acantilados se alzaban más altos alrededor del lago mientras progresaban, picados con
puntos de oscuridad, como salpicaduras de pintura negra. Cuando Clary miró más de cerca, se
dio cuenta de que eran cuevas en la roca. Algunas parecían muy profundas y serpear en la
oscuridad. Imaginaba murciélagos y espeluznantes cosas reptantes ocultándose en la negrura,
y se estremeció. Por fin un estrecho sendero que cortaba a través de los acantilados les llevó a
un ancho camino bordeado por piedra triturada. El lago fue dejado atrás, añil en la luz del
último sol de la tarde. La carretera cortaba a través de una llanura cubierta de hierba que se
elevaba para convertirse en colina en la distancia. El corazón de Clary se le caía a los pies; no
había señal de la ciudad por ninguna parte.
Luke estaba mirando fijamente hacia las colinas con una mirada de intensa consternación
en su rostro.
-Quizás si encontráramos una carretera mayor –sugirió Clary–, podríamos hacer autostop, o
encontrar una línea que vaya a la ciudad, o…
-Clary. No hay coches en Idris –mirándola con expresión estupefacta, Luke se reía sin mucha
diversión–. Las protecciones inutilizan los mecanismos. La mayoría de la tecnología no
funciona aquí, teléfonos móviles, ordenadores, lo mismo. Alicante se ilumina y funciona
gracias en su mayoría a luz mágica.
-Oh –dijo Clary en voz baja–. Bueno… ¿Cómo estamos de lejos de la ciudad?
-Suficientemente lejos –sin mirarla, Luke peinó su pelo corto con ambas manos hacia atrás–.
Hay algo que es mejor que te cuente.
Clary se puso tensa. Antes todo lo que ella quería era que Luke le hablara; ahora ya no lo
quería.
-Está bien…
-¿Has notado –dijo Luke–, que no había embarcaciones en el Lago Lyn, ni muelle, nada que
pudiera sugerir que el lago es utilizado de alguna manera por la gente de Idris?
-Sólo pensé que era porque está tan alejado.
-No está tan alejado. A unas cuantas horas de Alicante a pie. El hecho es que, el lago… –Luke
se interrumpió y suspiró–. ¿Has visto alguna vez el dibujo sobre el suelo de la biblioteca del
Instituto en Nueva York?
Clary parpadeó.
-Lo he visto, pero no podía resolver qué era.
-Es un ángel surgiendo de un lago, sosteniendo una copa y una espada. Es un motivo
habitual en las decoraciones Nephilim. La leyenda dice que el ángel Raziel emergió del Lago
Lyn cuando por primera vez se apareció a Jonathan Cazador de Sombras, el primer Nephilim, y
le dio los Instrumentos Mortales. Desde entonces el lago ha sido…
-¿Sagrado? –sugirió Clary.
-Maldito –dijo Luke–. El agua del lago es de alguna manera venenosa para los Cazadores de
Sombras. No hace daño a los Submundo… Los Fair Folk (¿Pueblo Bueno/Bello/Justo?) lo llaman
el Espejo de los Sueños, y beben de su agua porque alegan que les proporciona verdaderas
visiones. Pero para los Cazadores de Sombras beber el agua es muy peligroso. Les causa
alucinaciones, fiebre… Puede conducir a una persona a la locura.
Clary sentía frío por todo su cuerpo.
-Ese es el por qué de que me hicieras escupir el agua.
Luke asintió con la cabeza.
-Y el por qué de que quisiese que sacaras tu estela. Con una runa curativa podíamos evitar
los efectos del agua. Sin ella, necesitamos que llegues a Alicante tan pronto como sea posible.
Hay medicinas, hierbas que te ayudarán, y conozco a alguien que casi seguro las tiene.
-¿Los Lightwoods?
-No los Lightwoods –la voz de Luke era firme–, alguien más. Alguien que conozco.
-¿Quién?
Él sacudió la cabeza.
-Sólo recemos para que esta persona no se haya mudado en los últimos quince años.
-Pero creí que dijiste que era contra la Ley que los Submundo entraran en Alicante sin
permiso.
Su sonrisa de respuesta era un recordatorio del Luke que la había recogido cuando ella se
cayó de la “jungle gym” (estructuras para trepar que se colocan en parques infantiles) de niña,
el Luke que siempre le había protegido.
-Algunas Leyes están para ser incumplidas.
La casa de los Penhallow le recordaba a Simon al Instituto. Tenía el mismo sentido de
pertenencia, de algún modo como de otra época. Las salas y escaleras eran estrechas, de
piedra y madera oscura, y las ventanas eran altas y delgadas, dando a vistas de la ciudad. Había
un claro toque asiático en la decoración: un biombo shoji estaba en el rellano de la primera
planta, y había altos y floreados jarrones chinos de laca sobre los alféizares de las ventanas.
También había una serie de grabados serigráficos en las paredes, mostrando lo que debían ser
escenas de la mitología de los Cazadores de Sombras, pero con un toque oriental en ellos –los
líderes militares blandiendo incandescentes cuchillos seráficos desempeñaban un papel
prominente, al lado de criaturas parecidas a dragones llenas de color y escurridizos demonios
de ojos saltones.
-La Sra. Penhallow, Jia, empleada para llevar el Instituto Beijing. Ella divide su tiempo entre
esto y la Ciudad Prohibida –dijo Isabelle cuando Simon hizo una pausa de examinar un
grabado–. Y los Penhallows son una antigua familia. Adinerada.
-Yo puedo afirmarlo –masculló Simon, elevando la mirada a las lámparas de araña,
chorreantes de cristales tallados como lágrimas.
Jace, sobre el peldaño de detrás de ellos, gruñó.
-Moved el culo. No estamos de tour histórico aquí.
Simon sopesó su contestación grosera y decidió que no valía la pena. Bajó el resto de las
escaleras a paso rápido; ellos se abrieron paso en la parte inferior dentro de una gran
habitación. Era una extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno: una ventana con el cristal
pintado que daba al exterior del canal, y había música sonando desde un estéreo que Simon no
pudo ver. Pero no había televisor, ni pilas de DVDs o CDs, era el tipo de detritus que Simon
asociaba con las salas de estar modernas. En su lugar había una serie de sofás pasados de
relleno alrededor de una enorme chimenea, en la que las llamas estaban chisporroteando.
Alec estaba al lado de la chimenea, en su oscura equipación de Cazador de Sombras, usando
un par de guantes. Él miró hacia arriba cuando Simon entró en la habitación y miró con su
habitual ceño fruncido, pero no dijo nada. Sentados en los sofás había dos adolescentes que
Simon no había visto nunca antes, un chico y una chica. La chica parecía como si en parte fuese
asiática, con delicados ojos con forma de almendra, brillante pelo oscuro estirado hacia atrás
desde su rostro y una expresión traviesa. Su delicada barbilla se estrechaba en un punto como
la de un gato. Ella no era exactamente guapa, pero era muy atractiva. El chico de cabello
moreno de al lado de ella era más que atractivo. Era probablemente de la estatura de Jace,
pero parecía más alto, incluso sentado; era delgado y musculoso, con un pálido rostro elegante
e inquieto, todo pómulos y ojos oscuros. Había algo extrañamente familiar en él, como si
Simon lo hubiera visto antes. La chica habló primero.

-¿Es ese el vampiro? –ella miró a Simon de arriba abajo como si le estuviera tomando
medidas–. Yo nunca había estado tan cerca de un vampiro antes realmente, no de uno que no
estuviera planeando matar, al menos –ella ladeó la cabeza–. Es mono, para un Submundo.
-Tendrás que perdonarla; tiene la cara de un ángel y las formas de un demonio Moloch –dijo
el chico con una sonrisa, poniéndose de pie. Le tendió la mano a Simon–. Soy Sebastian.
Sebastian Verlac. Y esta es mi prima, Aline Penhallow. Aline…
-Yo no le doy la mano a Submundos –dijo Aline, echándose hacia atrás contra los
almohadones del sofá–. No tienen alma, ya sabes. Vampiros.
La sonrisa de Sebastian desapareció.
-Aline…
-Es verdad. Es ese el por qué no pueden verse a sí mismos en los espejos, o salir al sol.
Muy deliberadamente, Simon dio un paso hacia atrás dentro de una franja de luz de sol
enfrente de la ventana. Él sintió el calor del sol sobre su espalda y el cabello. Su sombra estaba
proyectada, larga y oscura, a través del suelo, casi alcanzando los pies de Jace.
Aline tomó aire con brusquedad pero no dijo nada. Fue Sebastian quien habló, mirando a
Simon con curiosos ojos negros.
-Así que es verdad. Los Lightwoods lo dijeron, pero no creí…
-¿Que estuviéramos diciendo la verdad? –dijo Jace, hablando por primera vez desde que
habían bajado las escaleras–. Nosotros no mentiríamos sobre algo así. Simon es… Único.
-Le besé una vez –dijo Isabelle a nadie en particular.
Las cejas de Aline se dispararon hacia arriba.
-De verdad te dejan hacer cualquier cosa que quieras en Nueva York, ¿no? –dijo ella
sonando medio horrorizada y medio envidiosa–. La última vez que te vi, Izzy, tú no habrías
considerado siquiera…
-La última vez que todos nos vimos, Izzy tenía ocho años –dijo Alec–. Las cosas cambian.
Ahora, mi madre tuvo que irse con prisa, así que alguien tiene que llevar sus anotaciones y
documentos arriba al Gard por ella. Soy el único que tiene dieciocho, así que soy el único que
puede ir mientras la Clave está en sesión.
-Lo sabemos –dijo Isabelle dejándose caer sobre un sofá–, ya nos lo has dicho como unas
cinco veces.
Alec, que estaba haciéndose el importante, ignoró esto.
-Jace, tú trajiste al vampiro a aquí, así que estás a cargo de él. No le dejes salir al exterior.
El vampiro, pensó Simon. No era que Alec no conociera su nombre. Él había salvado la vida
de Alec una vez. Ahora él era “el vampiro”. Incluso para Alec, que era propenso a los
ocasionales ataques de resentimiento inexplicable, esto era detestable. Quizás tenía algo que
ver con estar en Idris. Quizás Alec sentía mayor necesidad de reafirmar su ser Cazador de
Sombras aquí.
-¿Para decirme eso me has traído aquí abajo? ¿No dejes al vampiro salir al exterior? No lo
habría hecho de todos modos –Jace se deslizó sobre el sofá al lado de Aline, que parecía
satisfecha–. Será mejor que te des prisa en ir al Gard y volver. Dios sabe qué depravación
podemos nosotros organizar aquí sin tu orientación.
Alec miró fijamente a Jace con calmada superioridad.
-Intenta mantener la compostura. Estaré de vuelta en media hora –él desapareció por el
arco que daba a un largo pasillo; en algún lugar lejano una puerta hizo un ruido seco al
cerrarse.
-No deberías pincharle –dijo Isabelle disparando a Jace una mirada severa–. Ellos le dejaron
al mando.
Simon no lo pudo remediar pero notó cómo Aline estaba sentada muy próxima a Jace, sus
hombros tocándose, incluso aunque había habitación de sobra alrededor de ellos en el sofá.
-¿Nunca has creído que en una vida pasada Alec fue una vieja con noventa gatos que estaba
siempre gritando a los niños del vecindario para que salieran de su césped? Porque yo sí –dijo
él, y Aline se rió tontamente–. Sólo porque sea el único que puede ir al Gard…
-¿Qué es el Gard? –preguntó Simon, cansado de no tener ni idea de lo que estaban
hablando. Jace le miró. Su expresión era fría, poco amistosa; su mano estaba en lo alto de la de
Aline, que la tenía descansando sobre su muslo.
-Siéntate –dijo él moviendo la cabeza hacia un sillón–, ¿o planeabas quedarte suspendido
en una esquina como un murciélago?
Genial. Chistes malos. Simon se sentó incómodo en una silla.
-El Gard es el lugar oficial de reunión de la Clave –dijo Sebastian, aparentemente sintiendo
lástima de Simon–. Es donde se hace la Ley, y donde el Cónsul y el Inquisidor residen. Sólo los
Cazadores de Sombras adultos tienen permitido entrar en sus terrenos cuando la Clave está en
sesión.
-¿En sesión? –preguntó Simon, recordando que Jace lo había dicho antes, arriba–. ¿No te
referirás a… por mí?
Sebastian se rió.
-No. Por Valentine y los Instrumentos Mortales. Ese es el por qué de que todos estén aquí.
Para debatir sobre qué va a hacer Valentine a continuación.
Jace no dijo nada, pero con el sonido del nombre de Valentine su rostro se tensó.
-Bueno, él intentará conseguir el Espejo –dijo Simon–, el tercero de los Instrumentos
Mortales, ¿verdad? ¿Está aquí en Idris? ¿Es ese el por qué está todo el mundo aquí?
Hubo un corto silencio antes de que Isabelle respondiera.
-La cosa del Espejo es que nadie sabe dónde está. De hecho, nadie sabe qué es.
-Es un espejo –dijo Simon–. Tú sabes… Reflectante, cristal. Sólo estoy suponiendo.
-Lo que Isabelle quiere decir –dijo Sebastian amablemente–, es que nadie sabe nada sobre
el Espejo. Hay múltiples menciones de él en las historias de los Cazadores de Sombras, pero no
especifican dónde está, a qué se parece o, lo más importante, qué hace.
-Asumimos que Valentine lo quiere –dijo Isabelle–, pero eso no ayuda mucho, ya que no hay
pista de dónde está. Los Hermanos Silenciosos podrían haber tenido una idea, pero Valentine
los mató a todos. No habrá más por lo menos en un ratito.
-¿A todos ellos? –demandó Simon con sorpresa–. Creí que él sólo había asesinado a los de
Nueva York.
-En realidad la Ciudad de Hueso no está en Nueva York –dijo Isabelle–. Es como…
¿Recuerdas la entrada a la Corte Seelie, en Central Park? Sólo porque la entrada estuviera allí
no significa que la Corte esté bajo el parque. Es igual con la Ciudad de Hueso. Hay varias
entradas, pero la Ciudad… –Isabelle se interrumpió cuando Aline le hizo un rápido gesto para
que se callara. Simon pasó la mirada de la cara de ella a la de Jace y a la de Sebastián. Todos
ellos tenían la misma expresión de cautela, como si acabaran de darse cuenta de lo que habían
hecho: contar los secretos de los Nephilim a un Submundo. A un vampiro. No al enemigo,
exactamente, pero desde luego a alguien que no es de fiar.
Aline fue la primera en romper el silencio. Fijando su bonita mirada oscura en Simon dijo:
-Así que… ¿Cómo es eso? ¿El ser vampiro?
-¡Aline! –Isabelle parecía consternada–. No puedes ir preguntando por ahí a la gente cómo
es ser vampiro.
-No veo por qué no –dijo Aline–. Él no ha sido un vampiro siempre, ¿no? Así que debe
recordar cómo era ser persona –ella se volvió de nuevo a Simon–. ¿Todavía la sangre sabe a
sangre para ti? ¿O sabe a algo distinto ahora, como a zumo de naranja o algo? Porque pensaría
que el sabor de la sangre…
-Sabe a pollo –dijo Simon, sólo para hacerla callar.
-¿De verdad? –Aline parecía asombrada.
-Se está burlando de ti, Aline –dijo Sebastian–, también él puede. Te ruego que disculpes a
mi prima otra vez, Simon. Aquellos de nosotros que fuimos criados fuera de Idris tendemos a
tener un poco más de conocimiento sobre los Submundo.
-Pero, ¿tú no te criaste en Idris? –preguntó Isabelle–. Creía que tus padres…
-Isabelle –interrumpió Jace, pero era ya demasiado tarde; la expresión de Sebastian se
oscureció.
-Mis padres están muertos –dijo él–. Una madriguera de demonios cerca de Calais… Está
bien, fue hace mucho tiempo –Él hizo un gesto con la mano a la manifestación de compasión
de Isabelle–. Mi tía, la hermana del padre de Aline, me crió en el Instituto de París.
-¿Así que hablas francés? –señaló Isabelle–. Ojalá yo hablara otro idioma. Pero Hodge nunca
creyó que necesitáramos aprender nada que no fuera griego clásico y latín, y nadie los habla.
-También hablo ruso e italiano. Y algo de rumano –dijo Sebastian con una sonrisa modesta–.
Podría enseñarte algunas frases…
-¿Rumano? Eso es admirable –dijo Jace–. No mucha gente lo habla.
-¿Tú sí? –preguntó Sebastian con interés.
-En realidad, no –dijo Jace con una sonrisa tan cautivadora que Simon supo que estaba
mintiendo–. Mi rumano se limita a frases útiles como, `¿Esas serpientes son venenosas?´ y
`Pero usted parece demasiado joven para ser agente de policía.´
Sebastian no sonreía. Había algo en su expresión, pensó Simon. Era afable, todo en él era
tranquilo, pero Simon tenía la sensación de que la afabilidad ocultaba algo debajo que estaba
velado por su tranquilidad exterior.
-Me gusta viajar –dijo él, sus ojos sobre Jace–, pero está bien volver, ¿no?
Jace hizo una pausa en el hecho de jugar con los dedos de Aline.
-¿Qué quieres decir?
-Sólo que no hay ningún lugar como Idris, sin embargo muchos de nosotros los Nephilim
podemos crearnos hogares en otros sitios. ¿No estás de acuerdo?
-¿Por qué me estás preguntando a mí? –la mirada de Jace era helada.
Sebastian se encogió de hombros.
-Bueno, tú viviste aquí de niño, ¿no? Y han pasado años desde que has regresado. ¿O estoy
equivocado?
-No estabas equivocado –dijo Isabelle con impaciencia–, a Jace le gusta aparentar que nadie
está hablando de él, incluso cuando sabe que lo están haciendo.
-Desde luego que lo están –aunque Jace lo estaba fulminando con la mirada, Sebastian
parecía sereno.
Simon sintió una especie de simpatía medio renuente por el chico Cazador de Sombras de
cabello oscuro. Era raro encontrar a alguien que no reaccionara ante las pullas de Jace.
-En Idris estos días todo el mundo habla sobre eso. Tú, los Instrumentos Mortales, tu padre,
tu hermana…
-Se suponía que Clarissa vendría contigo, ¿no? –dijo Aline–. Estaba deseando conocerla.
¿Qué ha pasado?
Aunque la expresión de Jace no cambió, retiró su mano de la de Aline, encrespándola en un
puño.
-Ella no quiso dejar Nueva York. Su madre está enferma en el hospital.
Él nunca decía nuestra madre, pensó Simon. Siempre era su madre.
-Es extraño –dijo Isabelle–, de verdad que pensé que ella quería venir.
-Quería –dijo Simon–, de hecho…
Jace se puso en pie, tan rápidamente que ni siquiera Simon le vio moverse.
-Ahora que lo pienso, tengo algo que necesito tratar con Simon. En privado –él movió la
cabeza hacia la puerta doble del lejano fondo de la habitación, sus ojos brillando desafío–.
Vamos, vampiro –dijo él en un tono que dejó a Simon con la nítida sensación de que una
negativa terminaría probablemente en algún tipo de violencia– Hablemos.

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